Hoy se cumple el primer aniversario del fallecimiento del Papa Francisco, el pontífice que llegó «desde el fin del mundo» para sacudir los cimientos de la Iglesia Católica.
Doce meses después de su partida, el eco de su voz sigue resonando en una Santa Sede que aún intenta procesar la magnitud de sus reformas y su estilo pastoral profundamente humano.
La Iglesia de Puertas Abiertas
Desde aquel marzo de 2013, Jorge Mario Bergoglio dejó claro que no sería un Papa de palacios. Su pontificado estuvo marcado por una obsesión bendita: la inclusión. Su frase, gritada con fuerza en la JMJ de Lisboa —«En la Iglesia hay espacio para todos, todos, todos»— se convirtió en el mantra de su mandato.
Francisco no solo predicó la apertura, sino que la practicó:
- Hacia los marginados: Almorzó con personas sin hogar y visitó cárceles, recordando que nadie es descartable.
- Hacia la creación: Con su encíclica Laudato si’, elevó el cuidado de la «casa común» a una prioridad teológica.
- Hacia la reforma: Inició un proceso sinodal histórico, buscando una Iglesia menos piramidal y más circular.
«Hagan Lío»: Un Llamado a la Acción
Si algo definió el carácter de Francisco fue su capacidad para incomodar al status quo. A los jóvenes les pidió: «Hagan lío». Les exigió que no fueran «jóvenes de sofá», sino protagonistas de un cambio social basado en la solidaridad.
«Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades».
Este enfoque lo llevó a mediar en conflictos internacionales, desde el deshielo entre Cuba y Estados Unidos hasta sus incansables llamados por la paz en Ucrania y Gaza, siempre bajo la premisa de que la guerra es «el fracaso de la política y de la humanidad».
Un Pastor con «Olor a Oveja»
El legado de Francisco no se mide solo en documentos oficiales, sino en gestos. Fue el Papa que pidió a sus sacerdotes tener «olor a oveja», recordándoles que su misión era estar entre la gente, no por encima de ella. Su rechazo a los lujos y su elección de vivir en la Residencia Santa Marta en lugar del Palacio Apostólico marcaron un punto de no retorno en la imagen del papado moderno.
El Balance de un Año de Ausencia
Hoy, las plazas de San Pedro se llenan de fieles que recuerdan su sonrisa cansada pero firme. Francisco dejó una Iglesia en transición, navegando entre la resistencia de los sectores más conservadores y la esperanza de quienes vieron en él a un abuelo universal.
Al conmemorarse este primer aniversario, la comunidad internacional coincide en que, más allá de la religión, el mundo perdió a un líder moral que recordaba constantemente que «nadie se salva solo». Su mensaje de fraternidad humana —plasmado en Fratelli tutti— queda como la hoja de ruta para un siglo XXI necesitado de puentes y no de muros.
«No se olviden de rezar por mí», solía decir al despedirse. Hoy, es el mundo quien reza por él y por el futuro del camino que él mismo trazó.
