Editorial
Lo ocurrido recientemente en la plaza de Los Núñez no es un hecho aislado, sino el síntoma de una problemática más profunda: la erosión del respeto mutuo y de las normas básicas de convivencia. Cuando un espacio público —pensado para el encuentro, el juego y el descanso— se convierte en escenario de imprudencias, exhibicionismos o desinterés por el otro, algo está fallando en nuestra cultura ciudadana.
El ruido ensordecedor de una moto con escape libre no solo interrumpe la tranquilidad, sino que vulnera derechos. Niños asustados, familias incómodas, personas con condiciones como el autismo que necesitan entornos previsibles y seguros: todos ellos quedan relegados frente a la actitud de quien cree que “hacer lo que uno quiere” es sinónimo de libertad. Pero no lo es. La libertad sin empatía se convierte en abuso.
La plaza es pública, sí. Pero lo público no es tierra de nadie. Es de todos, y por eso exige cuidado, respeto y límites. No se trata de prohibir, sino de entender que vivir en comunidad implica considerar al otro, incluso cuando no lo conocemos. La empatía no es una consigna vacía: es el cimiento de una sociedad que se reconoce diversa, pero unida por valores compartidos.
Este episodio debe servirnos para algo más que la indignación momentánea. Debe impulsarnos a exigir presencia de las autoridades policiales, pero también a revisar nuestras propias prácticas. ¿Qué modelo de convivencia estamos transmitiendo a nuestros hijos? ¿Qué toleramos por costumbre, aunque sepamos que está mal?
La plaza, como símbolo, nos interpela. Porque allí se cruzan generaciones, historias, necesidades. Y porque allí, en lo cotidiano, se juega el tipo de sociedad que queremos construir.