En Chauchillas, cada 23 de junio al atardecer, el aire se llenaba de expectativa y el crujir de las ramas secas anunciaba una noche especial. Era la víspera del Día de San Juan, y como si la tierra misma recordara su cita con la tradición, las fogatas se alzaban con orgullo en medio del pueblo. Se gritaba al unísono “¡Qué viva San Juan!”, tres veces, como un conjuro de alegría y fe compartida.
Preparar la fogata era un ritual en sí mismo: desde temprano, chicos y grandes buscaban las mejores ramas y elegían el lugar exacto para encender el fuego. En la cancha de Don Virgilio Cajal se reunían vecinos, amigos y familias. Allí, la chispa de la madera encendida no solo espantaba el frío, sino que encendía corazones.
Doña Julia Rojas, con su mirada cálida y su voz que siempre sabía incluirnos, nos invitaba a participar. Recuerdo cómo nos hacía tirar semillas al fuego para que “revienten”, un gesto cargado de simbolismo, como si se tratara de plantar deseos entre las llamas. Hoy, tanto ella como Don Virgilio ya no están, y con ellos también parecen haberse apagado las celebraciones de San Juan en el pueblo.
Pero ¿por qué dejamos que se perdiera algo tan nuestro?
La tradición de encender hogueras en San Juan tiene raíces profundas. En Europa, esta costumbre nació para conmemorar el nacimiento de San Juan Bautista el 24 de junio, coincidiendo con el solsticio de verano del hemisferio norte. El fuego simbolizaba la luz, la purificación y la renovación de los ciclos. Al llegar a América, estas celebraciones se adaptaron y se mezclaron con creencias locales, creando una identidad popular rica y diversa. En muchas regiones, el fuego era sinónimo de protección, de deseo, de comunidad.
Hoy, cuando los rostros de quienes mantuvieron viva esta tradición se han vuelto recuerdo, el silencio de la noche de San Juan duele. Y sin embargo, el rescate todavía es posible.
