Dicen en el Departamento Río Hondo que hace unos años, en un paraje cercano al rio, dos niños comenzaron a llorar cada noche. Sus padres, confundidos, no veían nada extraño en la habitación, pero los pequeños señalaban la ventana como si alguien los estuviera mirando.

Los perros del barrio se agitaban, ladrando hacia el monte, y los ganaderos contaban que sus cabras corrían desesperadas dentro del corral, como si una sombra invisible las espantara.

Con el tiempo, los niños enfermaron: uno perdió el habla, el otro comenzó a caminar con dificultad. Los médicos no encontraban explicación. Fue entonces que los padres acudieron a un brujo conocido de la zona, quien reveló el secreto:

“El monte guarda espíritus antiguos. Cuando alguien arroja los pañales de sus hijos en los caminos o entre los árboles, esas telas sucias son tomadas como ofrenda. El duende de los pañales cree que le entregan la vida del niño, y vendrá a reclamarla.”

El brujo explicó que esa entidad maligna se alimenta de la inocencia, y que cada pañal abandonado en el monte es como una invitación para que se acerque a la casa de quien lo arrojó.

Desde entonces, los vecinos cuentan que en las noches de viento se escuchan risas pequeñas entre los arbustos, y que los perros no dejan de ladrar hacia la ruta. Nadie se atreve a tirar pañales en el monte, porque saben que el duende los toma como pacto, y que los hijos pueden pagar el precio.

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